Cuando hablamos del impacto del cicloturismo en un territorio, hay un dato que aparece casi siempre: el número de ciclistas.

¿Cuántas personas utilizan una Vía Verde? ¿Cuántos ciclistas recorren una ruta? ¿Cuántos usuarios registra un contador?

Son datos importantes. El problema aparece cuando utilizamos esas cifras como demostración del impacto turístico o económico de una ruta.

Porque contar ciclistas no es lo mismo que medir cicloturismo.

Una infraestructura puede registrar cientos de miles de usos y que buena parte correspondan a residentes que salen a pasear, hacer deporte o desplazarse. Y una ruta con muchos menos usuarios puede generar un impacto económico considerable si quienes la recorren permanecen varios días, duermen, comen y contratan servicios en el territorio.

Via Verde Utiel Baeza

Cicloturistas recorriendo la Vía Verde del Renacimiento

Por eso, si queremos entender qué aporta realmente el cicloturismo al desarrollo local, tenemos que ir un poco más allá.

De construir una ruta a generar desarrollo local

Durante años, buena parte de los proyectos de cicloturismo se han planteado siguiendo una lógica relativamente sencilla.

Se crea o acondiciona una infraestructura ciclista. La infraestructura atrae usuarios. Una parte de esos usuarios son visitantes. Algunos permanecen varios días. Duermen, comen y consumen servicios. Ese gasto genera actividad empresarial y empleo.

Y finalmente, al menos en teoría, contribuye al desarrollo local.

Proceso de la infraestructura cicloturista al desarrollo local: usuarios, visitantes, estancia, consumo, empresas y empleo

El modelo funciona.

Muchas grandes rutas ciclistas europeas, algunas Vías Verdes en España y propuestas como Zona Zero demuestran que una buena infraestructura puede convertirse en el soporte de una importante actividad turística.

Pero hay algo que conviene no olvidar: cada flecha de ese esquema representa una condición que tiene que cumplirse.

Construir una infraestructura no garantiza que lleguen turistas. Que lleguen turistas no garantiza que pernocten. Y que recorran un territorio tampoco significa necesariamente que el gasto se quede en él.

La infraestructura puede ser una pieza fundamental, pero por sí sola no crea desarrollo turístico.

¿Y si empezamos por lo que ya tenemos?

Cicloturistas haciendo una parada durante un viaje en bicicleta

El cicloturismo no es solo dar pedales

Hay además otra cuestión interesante.

No todos los destinos cicloturistas de éxito han empezado construyendo una infraestructura ciclista.

Mallorca es un buen ejemplo.

Buena parte de su desarrollo como destino ciclista se ha producido aprovechando algo que ya estaba allí: carreteras, paisaje, clima, conectividad aérea, planta hotelera y una creciente red de empresas especializadas.

Alrededor de esa demanda fueron apareciendo hoteles adaptados, alquileres de bicicletas, talleres, transfer, guías y multitud de servicios.

La infraestructura específica, la ordenación de rutas y la señalización han ido reforzando posteriormente un destino que ya tenía una importante actividad cicloturista.

Montañas Vacías representa un modelo todavía más interesante.

No comenzó construyendo kilómetros de carril bici ni realizando una gran inversión en infraestructura turística.

Comenzó mirando de otra manera un territorio que ya existía.

Caminos y pistas forestales, pequeños pueblos, paisaje, poca población y muchos kilómetros prácticamente vacíos se convirtieron en un itinerario.

Pero hubo algo más.

Un nombre. Una identidad. Fotografías. Tracks. Información. Y un relato capaz de convertir uno de los territorios más despoblados de España en un lugar al que ciclistas de muchos países quieren ir precisamente para experimentar esa sensación de vacío.

La infraestructura ya estaba allí en forma de caminos.

Lo que faltaba era convertirla en una experiencia de viaje.

Modelo de desarrollo del cicloturismo a partir de los recursos del territorio, el producto turístico y los servicios locales

Estos ejemplos no significan que la infraestructura no sea importante.

Significan algo diferente:

la infraestructura puede ser el punto de partida, pero también puede llegar después.

Un producto que demuestra que existe demanda puede justificar posteriormente inversiones en señalización, mantenimiento, seguridad o nuevas infraestructuras.

Por eso, antes de preguntarnos qué infraestructura cicloturista necesita un territorio, quizá deberíamos hacernos otra pregunta:

¿Qué tenemos ya que podría convertirse en una razón para viajar en bicicleta?

El verdadero reto: conseguir que el gasto se quede en el territorio

Atraer ciclistas tampoco es suficiente.

Desde el punto de vista del desarrollo local, una de las preguntas fundamentales es:

¿Qué parte del valor generado por esos ciclistas consigue capturar y retener el territorio?

Un cicloturista necesita dormir, comer y desplazarse. Puede alquilar una bicicleta, transportar equipaje, visitar un museo, comprar en un comercio, tomar algo en un bar o contratar una actividad.

Cuando esos servicios se prestan localmente, el viaje genera ingresos para diferentes empresas.

Y aquí aparece una característica especialmente interesante del cicloturismo.

El viajero se mueve.

Una ruta de varios días puede distribuir gasto sucesivamente entre diferentes poblaciones. El alojamiento de hoy está en un municipio, la comida en otro y la cena y la siguiente pernoctación algunos kilómetros más adelante.

En determinados territorios rurales, la ruta puede convertirse en el destino.

Pueblos que difícilmente conseguirían atraer por sí solos una estancia turística pasan a formar parte de una experiencia que sí puede justificar varios días de viaje.

La cuestión deja entonces de ser únicamente cuánto dinero genera el cicloturismo y pasa a ser también cómo se distribuye ese dinero por el territorio.

No todo euro turístico tiene el mismo valor

Hay otra dimensión que suele recibir menos atención: cuándo se produce ese gasto.

El cicloturismo también tiene estacionalidad. El clima, las horas de luz y las vacaciones condicionan claramente cuándo viajamos en bicicleta.

Pero su temporada óptima no tiene por qué coincidir con la temporada alta del destino.

En muchos lugares, precisamente los meses de primavera y otoño ofrecen las mejores condiciones para pedalear.

Eso puede permitir adelantar el comienzo de la temporada turística, prolongarla después del verano o generar demanda en periodos en los que hoteles, restaurantes y otros servicios disponen de capacidad.

Y desde el punto de vista empresarial esto es importante.

No todo euro turístico tiene el mismo valor.

Una habitación vendida cuando el hotel está completo en agosto no tiene el mismo efecto que esa misma habitación ocupada en mayo o en octubre cuando, de otro modo, habría permanecido vacía.

Algo parecido ocurre con restaurantes, empresas de transporte, alquileres de bicicletas, guías y otros servicios.

Por eso, la capacidad del cicloturismo para contribuir a reducir la estacionalidad puede ser tan importante como el volumen absoluto de visitantes que genera.

No ocurre en todos los destinos ni de la misma manera. Pero es una variable que deberíamos medir.

De contar usuarios a medir impacto

Llegamos así al problema inicial.

¿Cuántos ciclistas pasan por una ruta?

Necesitamos saberlo.

Pero es solamente el comienzo.

Después deberíamos preguntarnos cuántos son visitantes. Cuántos de esos visitantes son realmente cicloturistas. Cuántos días permanecen. Cuántas noches duermen. Cuánto gastan. En qué lo gastan. Dónde queda ese dinero. Qué empresas se benefician. Qué empleo contribuye a generar.

Cadena del impacto económico del cicloturismo: usuarios, visitantes, pernoctaciones, estancia, gasto, empresas, empleo e impacto territorial

En otras palabras, para entender el impacto económico del cicloturismo necesitamos responder al menos a cuatro preguntas:

¿Cuánto gastan?

¿Dónde lo gastan?

¿Durante cuánto tiempo?

¿Cuándo lo gastan?

Solo entonces podemos empezar a hablar seriamente de impacto económico.

Turismo e impacto territorial no son exactamente lo mismo

Hay además una última distinción importante.

Una infraestructura ciclista puede generar beneficios aunque quienes la utilizan no sean turistas.

Una Vía Verde utilizada diariamente por población local puede contribuir a mejorar la actividad física, facilitar desplazamientos, reducir emisiones o aumentar la calidad de vida.

Eso tiene valor.

Pero no es impacto turístico.

Por eso conviene distinguir entre:

uso de la infraestructura ≠ impacto turístico ≠ impacto territorial total

Confundirlos puede llevarnos tanto a exagerar el impacto turístico como a infravalorar otros beneficios importantes de una infraestructura ciclista.

Medir bien significa saber qué estamos midiendo.

Del cicloturismo al desarrollo local

Después de más de tres décadas trabajando con viajes en bicicleta, cada vez me interesa menos la pregunta de cuántos ciclistas pasan por un lugar y más lo que ocurre cuando pasan.

¿Duermen allí?

¿Entran en el bar?

¿Compran en la tienda?

¿Utilizan un taxi?

¿Visitan el museo?

¿Contratan un servicio?

¿Viajan en agosto, cuando todo está lleno, o en abril y octubre?

¿Ese flujo permite mantener un negocio abierto, crear otro nuevo o alargar su temporada?

Ahí es donde el cicloturismo empieza realmente a convertirse en una herramienta de desarrollo local.

Porque una buena ruta cicloturista no es solamente una infraestructura que permite pedalear.

Es un sistema que conecta territorio, movilidad, experiencia, empresas y viajeros.

Y quizá el indicador más interesante no sea cuántos ciclistas conseguimos atraer, sino:

qué capacidad tiene el territorio para convertir su paso en estancia, consumo y actividad económica local.

Cicloturistas recorriendo una ruta por un entorno rural y forestal

El cicloturismo convierte el territorio en experiencia y puede generar actividad económica, empleo y desarrollo local.